Jóvenes que llevan la ciudad en la piel

Ella baila, ella canta, ella menea sus caderas, ella coge el micrófono, mira a la cámara, le guiña el ojo y le habla con la naturalidad de la niña que juega a ser presentadora de televisión pero sabe que al frente suyo no hay más que uno de sus amigos sosteniendo al hombro una cajita de cartón. De fondo suena "Tu piano y mi guitarra", una canción de Ricardo Montaner cuya letra entona con emoción.

Pero esta cámara no es de cartón y el micrófono no es el cepillo con el que se peina la mamá. "Hay que ponerle verraquera a la vida y seguir con todos los sueños que se tienen aquí en la cabecita" -dice ella, con su marcado acento paisa, mientras señala la cabeza con su índice derecho, - "y en el corazón".

Ella es Ana María Hoyos, una actriz y presentadora oriunda de Medellín que en 1994, cuando tenía sólo 21 años, protagonizó el primer capítulo de "Muchachos a lo bien". Ana María, gracias a su esfuerzo y talento, había logrado conquistar las pantallas de la televisión nacional en telenovelas como "Señora Isabel" y "María Bonita". Ana María no dejó de perseguir sus sueños, aunque ello implicaba alejarse de su familia y de su ciudad.

Muchachos a lo bien pretendía perfilar a los jóvenes de la capital antioqueña que se escapaban al imaginario del muchacho medellinense de los años noventas: un joven inmerso, como víctima o victimario, en la guerra que el narcotráfico había erigido en los barrios de la ciudad.

Entre 1985 y 1995, Medellín fue testigo de 46.000 muertes violentas. El 60% de las víctimas de estos homicidios eran jóvenes entre 15 y 29 años. Colombia veía en los jóvenes de Medellín un peligro inminente; una generación perdida. No obstante, para 1994 había 560.000 jóvenes en la ciudad. De estos, 9.000 se agruparon en 600 organizaciones juveniles, 90 instituciones desarrollaron programas para esta población vulnerable y se crearon 300 bandas de rock. No todo estaba perdido. Y menos en una ciudad donde vivían jóvenes como Ana María; y menos en una juventud tan vasta y diversa.

De eso se percataron la Fundación Social y la Corporación Región cuando plantearon Muchachos a lo bien. La serie, emitida por Teleantioquia, Telepacífico y canal A entre 1994 y 1998, contó en 40 capítulos de 25 minutos las historias de los jóvenes de Medellín.

"¿Cómo explicar a los jóvenes? ¿Cómo explicar la poesía? Difícil desde la razón. Esto implicaría que la razón, la lógica y los discursos no serían suficientes para ver en los jóvenes lo que necesitamos ver. Harían falta muchas otras cosas, que muchas veces la disciplina del investigador o del científico no satisface. ¿Cómo, entonces, intervenir socialmente en un sector de la población que a veces no se deja explicar? ¿Un sector que nos cambia las preguntas cuando estamos empezando a encontrar las respuestas? ¿Cómo establecer con los jóvenes una relación pedagógica que no elimine sus posibilidades creativas?" (Franco, 2000), escribió Germán Franco Díez, entonces director del departamento audiovisual de la Fundación Social, a propósito de las preguntas que guiaron el proceso.

Los muchachos a lo bien no eran unas súper estrellas, ni todos habían conquistado las pantallas como Ana María. Los muchachos a lo bien eran jóvenes normales y con actitudes valiosas. "Las historias elegidas eran representativas de las situaciones a las que se enfrentaban los adolescentes de la ciudad, estaban cerca de uno, pues mostraban un estudiante de colegio que tenía algún problema con la familia y uno se acordaba que eso le había pasado", explican César Cardona y Mauricio Álvarez en su tesis de maestría en comunicación educativa (2010).

Esto hizo que Muchachos a lo bien no sólo fuera un retrato de la juventud medellinense sino de la ciudad en sí misma: de la ciudad que prefiere la música, el deporte y el arte antes que la violencia; de la juventud que prefiere los libros antes que las armas y que mira hacia el futuro como las miles de posibilidades para ser mejor. La serie estaba cargada de elementos simbólicos que ayudaban a reforzar y a derribar ciertos imaginarios sobre la ciudad.

Luigi Baquero fue parte del equipo de personas que realizaron Muchachos a lo bien, desde el primer capítulo hasta el último. Para Luigi, la serie se convirtió en una escuela, pues se escapaba a la forma en que se hacía televisión en los años noventas. A cada uno de los capítulos lo precedía una investigación y un arduo trabajo de campo en los barrios de Medellín. Lucelly Carvajal, Silvia Posada, Mónica García, entre otros, se encargaban de conocer a los jóvenes en su contexto y de determinar por qué era importante hacer visibles sus cotidianidades.

Muchachos a lo bien no era sólo una serie sobre los jóvenes de Medellín, sino que hacía parte de todo un proceso que venía desarrollando la Corporación Región desde principios de los noventas, con programas como Arriba mi barrio y la Escuela de Animación Juvenil. De hecho fue de Alonso Salazar, miembro fundador de Región, de donde surgió la idea del programa.

Después de la investigación venían tres días de rodaje, con cámaras tres cuartos o betacam en los últimos capítulos. Cada capítulo era dirigido por un director invitado. Por allí pasaron desde Víctor Gaviria hasta Ricardo Corredor. Según Baquero, nunca tuvieron problema con las cámaras ni siquiera en barrios que en ese tiempo eran impenetrables, como Granizal o El Picacho. Tras el rodaje la edición se llevaba otros tres días, pues se hacía de forma análoga cortando fotograma por fotograma. Y a pesar del trabajo de filigrana que implica una edición sin software, para Luigi fue todo un aprendizaje, al igual que para los demás miembros de los dos equipos de realizadores. Y, además, "pasé buenísimo", recuerda el camarógrafo.

En el alto de las Palmas está Ana María. Está ella frente a las luces titilantes del Valle de Aburrá, que se ven iguales en los barrios populares y en los edificios del Poblado, y que parecen decir "por cada luz hay una historia".

Ante esa Medellín nocturna que no sólo idolatró Gonzalo Arango sino también Fernando González y Fernando Vallejo, y el sinfín de viajeros que llegan todos los días desde el oriente a la ciudad entre montañas, ante esa ciudad Ana María medita. Ana María no es ajena a esa ciudad sino que Medellín y Ana María son una sola. "Comer arepa y hablar paisa y el Nacional y el Medellín no son elementos aislados: son como una mano o un diente de uno mismo. Pertenecer a una ciudad es llevar cada parte de ella en uno mismo".