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Domingo, 15 Octubre 2017 17:14

Opinión. La fragilidad de Medellín

Tomado de: La Silla Vacía Tomado de: La Silla Vacía

Medellín construyó un modelo de ciudad durante las primeras cuatro décadas del siglo XX al que nos referimos como “la tacita de plata”. Ese modelo se agotó en la década de 1960 pero nadie se dio cuenta.

Por: Jorge Giraldo Ramírez
Columnista invitado

Hace casi diez años advertimos, desde el Centro de Análisis Político de la Universidad Eafit, que los buenos resultados generales del desempeño de Medellín durante la primera parte de este siglo eran frágiles. Una de las razones que planteamos consistía en estimar que esos logros significaban un desatraso de la ciudad y de ninguna manera podían asumirse como si hubiéramos llegado a una situación ideal. Cuando se habla del modelo Medellín o del milagro Medellín debe entenderse de esta manera: una ciudad que salió en un tiempo relativamente breve de una situación dramática y pasó a una de relativa normalidad. También hemos estado señalando que la normalidad a la que Medellín llegó desde 2004 es una normalidad mediocre, acorde con los estándares de la mayoría de las grandes ciudades latinoamericanas pero distante, todavía, de aquellas que muestran los mejores indicadores.

A riesgo de simplificar puede decirse que los pilares sobre los que descansó este cambio de situación fueron: transporte masivo y multimodal, gestión fiscal y presupuestal responsables, inclusión social, urbanismo, política local de seguridad y fuertes lazos público-privados. Mi idea es que esos pilares se están agotando: el metro entró hace seis años en una fase de sobrecarga inocultable que amenaza con destruir la cultura y desestimular su uso; hay pereza fiscal y estamos viviendo del predial (ya Barranquilla nos superó en presupuesto desde 2015); los grandes avances en inclusión (Ayala y Meisel, 2016) están frenados por la desigualdad en ingresos y la tasa desempleo; el urbanismo no ha podido resolver el tema del centro –el más inhóspito del país– y se ha vuelto su nudo gordiano; la tasa de homicidios llegó a un piso de cristal porque ya no funciona la cirugía, se necesita acupuntura, y porque la corrupción y la informalidad le dan oxígeno al crimen; el poder de la Alcaldía ha estado silenciando a las organizaciones sociales, a los empresarios y a la academia.

Estas seis líneas estratégicas fueron el resultado de un proceso de diálogo social y de institucionalización que nos trajeron al punto en el que estamos. Durante ese periodo, que puede remontarse a 1991, la ciudad mantuvo rezagos en otras áreas sobre la que se llamó la atención pero en las cuales los avances han sido más modestos y puntuales sin haber logrado éxitos significativos. Entre estos quiero indicar cuatro:

  • El primero es que el Estado local no ha logrado afianzarse en todo el territorio y eso se expresa de modo nítido en la baja probabilidad de cumplimiento de la ley. Una evidencia anecdótica: el uso del casco entre motociclistas puede ser del 99% en El Poblado y, si acaso, del 50% en Moravia.
  • La calidad de la educación es una preocupación eventual y no hemos podido establecer una política pública que saque a la ciudad de la mitad de la tabla nacional.
  • Nos hemos olvidado de los jóvenes como el segmento poblacional más vulnerable en aspectos socioeconómicos y en el cual se reproducen los aprendizajes criminales.
  • ¿Qué es eso de cultura ciudadana? En este aspecto se muestran los peores efectos del utilitarismo y la rusticidad de la mentalidad de las élites de la ciudad. No es arte, no son museos ni conciertos, es la encarnación cotidiana y masiva de los valores públicos. Tenemos ocho informes magníficos de Corpovisionarios guardados en unas oficinas.

Por demás, algunos eventos recientes insinúan los nuevos desafíos de la ciudad. Desafíos de hoy, no de mañana. Algunos de ellos son: El problema ambiental representado por la pésima calidad del aire que nos convirtió en una urbe mórbida; menos medible, la contaminación por ruido ha llegado a niveles insoportables; mis amigos geólogos lanzan alarmas sobre el futuro del agua por la depredación de la ceja oriental del valle de Aburrá y el crecimiento desordenado en el oriente cercano. La descoordinación regional que exige más instituciones y políticas, a pesar del loable esfuerzo del actual director del Área Metropolitana. La saturación vehicular en una ciudad donde nadie se quiere bajar del carro y las motos carecen de todo control, aumentando la morbilidad y la cultura de la ilegalidad. La casi total ausencia de polos alternativos en el departamento a más de 100 kilómetros de Medellín que le quiten presión a ciudad.

En resumen, son seis políticas exitosas que se están agotando, cuatro temas pendientes en los que no hemos dado el salto, seis demandas relativamente nuevas de tipo ambiental e institucional.

Una de las cosas que me quedó clara del reciente informe de memoria histórica sobre la ciudad fue que Medellín construyó un modelo de ciudad durante las primeras cuatro décadas del siglo XX al que nos referimos como “la tacita de plata”. Ese modelo se agotó en la década de 1960 pero nadie se dio cuenta. Ni la dirigencia política ni la económica; la iglesia católica y la precaria intelectualidad regional estaban pensando en los reinos de otro mundo. Después pasó lo que todos sabemos y muchos no quieren recordar.

Todavía no hemos acabado de construir un modelo de ciudad. No creo que pueda decirse –hablando en el lenguaje de la teoría de los puntos de inflexión– que hayamos logrado estabilizar los logros obtenidos y que esos logros estén generando una endogeneidad virtuosa. La complacencia, la distracción, el silencio de las dirigencias pública y privada de la ciudad debe acabar.

 



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