Por: Juan Sierra. Socio de la Corporación Región

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Por: Juan Sierra. Socio de la Corporación Región
Uno de los fenómenos más claros en todo el proceso plebiscitario para refrendar los acuerdos de La Habana entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc es el deterioro del ejercicio de la política. Con el triunfo del No el país perdió aún más credibilidad en los políticos y en la política.
Cuando un sector importante de la clase política y del electorado avala y justifica que “cualquier cosa se vale con tal de ganar”, que los delitos electorales son infracciones intrascendentes y que la participación ciudadana es poco relevante, algo muy grave está pasando con el espíritu democrático de una Nación. Así mismo, el triunfo de un No mayoritariamente irreflexivo, producto de la exacerbación de la rabia, del deseo de venganza y del odio, alentado y promovido por la ambición de dominio y de poder, dice mucho de nuestra “democracia”.
De los resultados del plebiscito emergió con claridad meridiana lo más sombrío de nuestra cultura política; en estas condiciones de incertidumbre y desconcierto, la apuesta central para la ciudadanía y la exigencia de la sociedad civil democrática, deberá ser: dignidad, justicia y libertad en el ejercicio de la política.
Dignidad para impedir que, desde intereses individualistas y particulares, se pisotee a los seres humanos aniquilando sus esperanzas; dignidad para no dejarse devastar por políticos inmorales, dignidad para protestar cuando los derechos humanos están siendo vulnerados, y para no cerrar los ojos a los engaños y manipulaciones de una clase política indolente.
Justicia para rechazar a quienes delinquen tranquila e impunemente, justicia para legitimar y acogerse al Estado de Derecho y respetar las reglas del juego democrático, para tener la sensatez que exige reconocer y defender todos los derechos de toda la ciudadanía.
Libertad para elegir en consciencia y asumir con responsabilidad las implicaciones de las opciones escogidas.
En política no todo se vale: el ejercicio democrático implica decencia y ética ciudadana. Los partidos y movimientos políticos demostraron ampliamente que el interés general y la dignidad humana no son criterios centrales en su actuar. Pero también la ciudadanía y las organizaciones de la sociedad civil, de manera consciente o facilista, cayeron en este juego perverso.
Construir poder ciudadano, basado en la legitimidad ética de sus apuestas y en la pertinencia de sus propuestas, es una tarea de primer orden. La paz, además de un derecho de todos y todas, es el horizonte utópico del país que queremos: un sueño colectivo, incluyente, pacífico, reconciliado, democrático; un proyecto de país donde la política no es la expresión ni la continuidad de la guerra; donde las víctimas tienen voz, son escuchadas y reconocidas como se merecen, donde los pobres tienen un sitio digno sobre la tierra y la solidaridad y la esperanza son valores políticos de primer orden.
Saber leer e interpretar el momento que vivimos, como sociedad civil colombiana nos permitirá ganar espacios en el escenario político. Es tiempo de ver más allá de nuestras narices, de aportar en la construcción de una fuerza ciudadana, capaz de resistirse al triunfalismo de una derecha deshumanizada y depredadora y así, desde las movilizaciones, la toma de las calles, en las redes sociales y en los espacios cotidianos diremos BASTA de mentiras, BASTA de guerra sucia, BASTA de tirar la piedra y esconder la mano. La ética existe y en política no todo se vale.
Una agenda ciudadana en la perspectiva de la paz debe incluir el debate sobre el perdón y la reconciliación, el proceso de reconstrucción del país con actores como el ELN, las nuevas formas del paramilitarismo, el caudillismo, el fanatismo como negación de la diversidad, el valor del pluralismo y por supuesto, la ética en la política. Es fundamental establecer un clima propicio para debatir problemas tan complejos como la desigualdad, la intolerancia, el modelo de desarrollo y el buen vivir en las ciudades. Construir un país en paz no es uno de los temas de la agenda, la agenda es la paz integral.
Se tratará de ampliar la masa crítica ciudadana capaz de generar un escenario político más plural; eso no lo van a hacer ni los partidos políticos ni buena parte de las élites económicas. Es la hora de construir poder ciudadano.

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