R E V I S T A       

Sin los jóvenes, nada para la juventud



AnaLuciaCardenas

Ana Lucía Cárdenas

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Gestora cultural con énfasis en innovación social. Juvenóloga egresada del Máster Interuniversitario Juventud y Sociedad de la Universidad de Girona- España.



Resumen

 


Sin los jóvenes, nada para la juventud
Retos del trabajo con sujetos jóvenes en Medellín

“La idea gubernamental es muy simple: los jóvenes necesitan una guía paternal, si no de consejos, sí para recordarles que sus derechos, los que tengan, son cortesía de la suprema autoridad, Dios o el Presidente, a elegir. En la definición oficial, joven es aquel que padece desinformación, incertidumbre vocacional y hambre de palmaditas en la espalda. No se acepta lo obvio: en tanto sujetos de derechos, los jóvenes requieren en lo fundamental del respeto a sus libertades”
Carlos Monsiváis

“La política es el trabajo lento, colectivo y laborioso de doblegar la resistencia de lo real”
Javier Cercas

Cuando hablamos de juventud, el reto más grande es respetar sus libertades como sujetos de derechos. Alguien podría decir que es obvio, pero en vista de la represión de las protestas estudiantiles de los últimos días, urge comprender que, sí atendiéramos mínimamente la Constitución, estos actos abusivos no tendría sentido. A la pregunta de ¿cuáles son los retos de una sociedad para con su juventud? respondemos con una obviedad: respetar la Ley que la cobija. Pero cómo hacerlo si, en el peor de los casos, ser joven parece un mal necesario por el que todos tenemos que pasar; y en el mejor, es una categoría social que no alcanza a reconocerse todavía, por no hablar de una noción de subalternidad un poco vergonzante por la que, encima, se transita pocos años para luego pasar a mejor vida, y que, por lo tanto, “cualquier brote de iniciativa autónoma” tiene solo un lapso muy definido para llevarse a cabo (Gramsi, 1930)1. A diferencia de lo que pasa con otras categorías sociales subalternas, a la juventud se le puede acusar con total impunidad, no solo de ser responsable única de las condiciones estructurales que retrasan su proceso de emancipación –-de su estado de subalternidad–, sino también de “querer” estar en esas condiciones.

Los medios de comunicación juegan un papel importante en la reproducción de las imágenes y estereotipos de lo juvenil y la juventud, en cada época. En su intento por etiquetar y poder describir fácilmente, los medios masivos se han aprovechado de las descripciones de quienes han investigado las culturas juveniles en épocas específicas (desde los baby boomers, hasta los millenials) para nombrarlas en sus publicaciones. En general, vemos cómo estas categorías, explotadas sin discriminación y con poca rigurosidad académica, contribuyen a generar ciertos imaginarios, con causas y repercusiones de profundas implicaciones a las que solo me referiré diciendo que parecen dirigirse a desproveer a la juventud del derecho a participar en la sociedad desde una ciudadanía plena.

Pareciera que la sociedad adultocéntrica en la que vivimos, teme asumir al joven como una categoría social porque tendría que compartir el poder y prefiere no hacerlo. Las instituciones adultas se sirven de los medios para entregarnos una imagen de la juventud como de seres inacabados y por tanto incapaces de tomar decisiones apropiadas, lo que es muy conveniente en términos precisamente de no ceder los espacios de poder. Los medios suelen definirla como un problema para la sociedad, lo cual no solo impide “estar con”, sino que alientan el estar “en contra”. Por ejemplo, con títulos como “La generación de los hipersensibles”, la Revista Semana sube su número de lecturas donde se encuentran cosas como esta: “También son muy vulnerables a frustrarse por cualquier revés del destino y todo les duele el doble. Ante el más mínimo tropiezo se echan a la pena […] Esto los vuelve alérgicos a los fracasos y las críticas, y los hace sentir especiales, delicados y únicos” (Semana 2018).

A través de la propagación constante de estos mensajes, que a simple vista parecen inocuos, se lleva a cabo el proceso de estigmatización2 de la juventud, donde puede observarse claramente como desde los medios, se promueve el consenso moral que permite imponer la idea de restringir sus derechos. Con la circulación de este tipo de contenidos, supuestamente asentados en estudios y que difunden la voz de “los expertos”, logran que la opinión pública termine concediendo el despojo a la juventud de su ciudadanía activa, porque aún no está lista –no quiere estar lista– para el compromiso social que se requiere (Comas, s.f); de tal manera que esa “especie de limbo” en que se encuentran por gusto propio, según los sicólogos a los que acude el periodista del artículo, es más bien el resultado de un círculo vicioso al que el sistema3 la arroja: limita su participación plena en la sociedad con el argumento de que la población juvenil no tiene las capacidades para hacerlo, imposibilitando así la adquisición de las habilidades –y la estructura– necesarias para ser precisamente capaz.

Las políticas públicas de juventud son la manera en que el Estado asume la existencia de esta categoría social y su deber sería, legislar para garantizar los derechos de esta población. Partiendo de esta justificación cabe preguntarse entonces qué tipo de políticas públicas se deben implementar. En Colombia, existe una Ley de Juventud4 que concibe al joven como sujeto de derechos con enfoque diferencial y afirmativo, en el que se quiere promover principalmente el ejercicio de la ciudadanía plena y activa, entendiendo sin embargo, que el Estado debe procurar las condiciones necesarias para que esta ciudadanía pueda ser ejercida en cuanto a la exigibilidad de los derechos fundamentales, civiles y sociales, con especial énfasis en la garantía de acceso a espacios de participación y toma de decisiones.

En este sentido estamos de acuerdo con que la política pública debe asumir que los derechos fundamentales son competencia y están ya desarrollados en la Constitución Política y que esta Ley se ocupa de la categoría social juvenil de manera diferenciada y enfocada, como ya se dijo, en la garantía de su participación ciudadana activa. Sin embargo, a la hora de definir las especificidades de la Ley, sigue tratándose de un marco muy amplio y ambiguo que deriva responsabilidades generales a los departamentos y municipios, donde al final se los obliga a todo y a nada.

Una aplicación acertada de esta Ley, o mejor, una forma más constitucional de aproximarse a la juventud, debería partir de la mirada que propone Asef Bayat (2007) sobre los movimientos juveniles en los países árabes, para quien estos movimientos –muy parecidos a los actuales de protesta estudiantil en Colombia– se tratan esencialmente de una reivindicación de la condición juvenil, es decir, de los modos de ser, de sentir y de hacerse presentes en el mundo, asociados al hecho de “ser joven” (ser estudiante, reactivo, querer experimentar, cambiar, moverse) y que van más allá (o tal vez están en un nivel más primario) de las aspiraciones políticas o revolucionarias. El encuentro con esta población en mi trabajo de campo parece apoyar esta hipótesis de que su necesidad primordial es poder “ser jóvenes”, sujetos plenos de derechos, es decir, ejercer la ciudadanía desde su juventud, poder, por ejemplo, exigir, como debería hacer cualquier ciudadano, el castigo a la corrupción dentro de las universidades, pero a su manera: con plantones, arengas, performances, gritos subidos de tono, memes.

Por tanto, las políticas públicas se deben desarrollar a partir del diagnóstico de las necesidades de la juventud en el sentido más amplio, con su intervención directa en la toma de decisiones al respecto, como obliga la Ley. Con esto me refiero a un diseño de política con su participación vinculante, con estrategias que permitan un proceso democrático de diagnóstico. Los encuentros de juventud como la Asamblea Mundial Urbana Juvenil, realizada en Medellín en el 2014, dan cuenta de metodologías participativas, que si bien tienen mucho por mejorar en términos de vinculación práctica, funcionan en la medida en que permiten que se encuentren a pensar en la ciudad que quieren habitar y desde estas reflexiones sus voces sean escuchadas5. Una vez realizado el diagnóstico, diseñar la política pública resultaría más “sencillo”. Ponerlo en ejecución es lo que realmente requiere voluntad política.

A pesar de su falta de dientes, es claro que la Ley hace obligatorio que “para la juventud, nada sin la juventud,” y sin embargo hemos avanzado muy poco en ello, tampoco en el diseño y ejecución de la política pública y menos en la intervención social. En esta última, la implementación de una metodología de construcción colectiva horizontal que no se quede en el papel, sino que se haga efectiva, representa un arduo desafío. Por experiencia propia —de la Corporación Región y mía — sabemos que disponerse a construir con la población juvenil cada paso de este acompañamiento, se tiene que convertir en parte de nosotros mismos como una manera de andar, eso significa que no hay vuelta atrás. Una vez se abre el diálogo y se comparte el poder, sucederá algo que la rigurosidad científica y académica quizá no aprueben: quien interviene no tendrá más remedio que involucrarse. La objetividad no será más que una pretensión, que entre más se persiga más se impondrá como un obstáculo para lograr los objetivos; habrá que tomar posición la mayoría de las veces, los otros –los intervenidos– también lo harán, y después de todo, serán los afectos los que definan la situación incluyendo, desde la más cotidiana y práctica, hasta aquellas que son el objeto de la intervención. No se podrá entonces escapar a la responsabilidad que implica entrar en la Vida de otros, y dejar que esos otros entren en la Vida propia, con la certeza de que es el único camino posible para encontrar lo que buscamos.

Por otro lado, con respecto a la política pública, como lo advierte Montes (2011), uno de los retos que deben superar las políticas de juventud, es la distancia entre el conocimiento que se produce alrededor de lo juvenil y el diseño de dichas políticas. Si bien la atención sobre la población juvenil ha ido ganado espacio a partir del trabajo social y la investigación académica, y debido precisamente a esa negación de la juventud como categoría social; es raro ver que algún estudio, investigación o reflexión hecha a partir de esta, se traduzca en políticas específicas que sigan los caminos propuestos por decenas de técnicos e investigadores. En Iberoamérica existen por lo menos tres escuelas de pensamiento que se especializan en la juventud (México, Colombia y España), que han extendido su red de trabajo al resto de países a través de la formación y la producción de textos y publicaciones que, en muchos casos, formularon preguntas previendo la escalada de fenómenos problemáticos relacionados con el tema, años antes de que sucedieran. Es preciso entonces que, tanto en el diseño de la política pública como en la intervención social, participe activamente la academia, por lo menos a través de sus trabajos, que deberán ser recogidos y compartidos con los demás agentes (líderes juveniles y técnicos de juventud). Lo ideal sería procurar la asesoría en el diseño de las políticas y programas, directamente por miembros de alguna de estas redes de trabajo para que la reflexión sobre la realidad juvenil, que se ha hecho a lo largo de casi un siglo, sirva para transformar las prácticas con mayor eficacia, donde se establezca una relación directa entre los estudios realizados y las acciones propuestas.

La política y la intervención social de acompañamiento a la juventud tienen que responder otras preguntas fundamentales. En este punto de la historia y de la historia de la experiencia en el trabajo con juventud del que Región da cuenta, hay dos retos ineludibles: El primero, tiene que ver con la noción de moratoria. Si la juventud es el caldo de cultivo y a la vez el antídoto, debería la sociedad procurar que la moratoria juvenil, más que extenderse, se afiance. Darles tiempo y espacio para que sean jóvenes, podría ser un propósito fundamental del Estado y acompañarles a ejercer la ciudadanía, en la intervención social. En este entendido los programas y políticas de inserción laboral y, más ampliamente, de acompañamiento y promoción de la emancipación, tendrían que cambiar.

Para quienes trabajamos en campo con jóvenes y les interpelamos por lo que quieren, es claro que quieren lo que el sistema quiere, y cuando no, entonces aparecen los artículos en los medios que los tachan de perezosos, indolentes, mimados. En este sentido, ¿sigue siendo relevante la pregunta por el desempleo juvenil? O lo mejor sería interrogarnos por la vocación, el sistema de educación y el de producción, es decir el proyecto de vida de los ciudadanos más recientes. El proyecto de vida debe comprenderse no como una resolución perenne a largo plazo, sino más bien, como un conjunto de estrategias vitales que el sujeto desarrolla como herramienta para ir proyectándose a futuro y, debería estar articulado a la capacidad de agencia de los sujetos, partiendo del hecho, observado una y otra vez en sus estudios por Rossana Reguillo, de que “no hay mayor adversario para la agencia juvenil que su propia y fatalista asunción de ‘inadecuación’ social, política y laboral” (Reguillo, 2010: 402).

Por supuesto, todo esto implica una revisión del perfil del técnico en juventud, como la persona que en cualquier ámbito, público o privado, interviene y acompaña directamente este grupo social. Una organización competente debería tener la capacidad de formar a sus técnicos en el tema específico de su trabajo. Desde el principio, el profesional debe obtener información y formación de manera oportuna y de primera mano, sobre lo juvenil como objeto de estudio y, más allá de esta formación específica, debe portar actitudes y aptitudes para el trabajo de campo de enfoque comunitario, es decir, saber moverse en los territorios y, sobre todo, construir empatía con cualquier joven. Estas habilidades sociales, que parecen obvias, son las que definen el alcance verdadero de las políticas públicas y del acompañamiento social: importa cuánto recurso se invierta, importa lo bien que estén diseñadas, pero no tanto como las competencias –y la personalidad si se quiere– de quienes tienen la labor de ejecutarlas en la localidad. En este sentido, un buen técnico hace que la inversión se duplique y el diseño de las políticas públicas y los programas se extienda sobre las reales proporciones del territorio. Eso lo sabemos quienes trabajamos implementando programas y proyectos que pretenden transformar la vida real de las personas jóvenes. Porque es en el espacio de relación entre el técnico y cada joven donde realmente se libra la batalla por doblegar la resistencia de lo real.

 

 

Referencias bibliográficas

 

Bayat, Asef, (2007). Making Islam Democratic: Social Movements and the Post– Islamist Turn. Stanford University Press, Palo Alto.

Comas, Domingo, s.f. ¿Por qué son necesarias las políticas de juventud? s.e.

Estatuto de Ciudadanía Juvenil. s.f, disponible en: https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=52971 última consulta: 15 de octubre de 2019.

Fundación Mi Sangre, (2014). Visiones de Cambio – WUF–7. Disponible en: http://fundacionmisangre.org/programas/visiones-de-cambio-wuf7/. Última consulta: 15 de octubre de 2019.

Gramsci, Antonio, (1930). Cuadernos de la Cárcel, Tomo II, cuaderno 3. Ediciones Era S.A, México.

Merino, Rafael, (2007). “Perspectivas sociológicas sobre la realidad social”. En Merino y De la Fuente (coord.): Sociología para la intervención social y educativa”. Editorial complutense, Madrid. Pg, 24.

Montes, Pep, (2011). Los retos pendientes: la proximidad y la consolidación profesional. s.e

Reguillo, Rossana, (2010). “La condición juvenil en el México contemporáneo. Biografías, incertidumbres y lugares”, en Rossana Reguillo (coord.) Los jóvenes en México. Concejo Nacional para la Cultura y las Artes Fondo de Cultura Económica, México.

Semana, 2017. La generación de los hipersensibles. En Vida Moderna. Disponible en:
https://www.semana.com/vida-moderna/articulo/por-que-la-generacion-de-los-millennials-son-hipersensibles/552930 Última consulta: 15 de octubre de 2019

Valenzuela, José Manuel, 2015. “Aunque nos sangre el corazón”. En: José Manuel Valenzuela (coord.) Juvenicidio. Ayotzinapa y las vidas precarias en América Latina y España. Ned ediciones, Barcelona.

 

 

Palabras clave:

Ciudadanía, democracia, juventud, participación, cultura

 

 

Notas al pie:

1La primera definición de clases subalternas (en plural porque para él siempre serían varias) como clase que se opone a la clase dominante fue hecha por Gramci: “Éstas [las clases subalternas] sufren la iniciativa de la clase dominante, incluso cuando se rebelan se hallan en estado de defensa alarmada. Por ello, cualquier brote de iniciativa autónoma reviste inestimable valor” (Gramsci, 1930).
2Como explica José Manuel Valenzuela (2015) “Erving Goffman (1995), desarrolló el concepto de estigma para identificar las marcas distintivas a través de las cuales se imputan condiciones específicas a las personas y a los grupos sociales considerados inhabilitados para una aceptación social. Los estigmas, usualmente aluden a condiciones negativas, identificadas a través de marcas visibles, conspicuas que se imponen a los estigmatizados a quienes señala y significa a partir de códigos de sentido impuestos por quienes definen las marcas del estigma”.
3Se entiende por sistema la definición que hace Rafael Merino: “La acción humana no se da en un campo de libertad absoluta, sino que lo hace en un campo de constricciones sociales, es decir, en un campo de parámetros definidos sociohistóricamente, parámetros que son delimitados por la estructura. […] El campo de acción está limitado, constreñido por unas reglas de juego […] en algunas ocasiones, la acción de los individuos es tan intensa que se cambian las reglas de juego, por ejemplo en las revoluciones. En otras ocasiones, las reglas son rígidas y difíciles de cambiar y perduran en el tiempo: es lo que llamamos sistema.” (Merino, 2007: 24).
4Ley Estatutaria 1622 de 2013 (Estatuto de Ciudadanía Juvenil, s.f).
5La Asamblea Mundial Urbana de la Juventud se realiza en el marco del Foro Mundial Urbano. En 2014 se hizo en Medellín; cerca de 600 jóvenes trabajaron juntos con el acompañamiento de la Fundación Mi Sangre alrededor del tema de ciudad como territorio habitado y habitable. El resultado de estas jornadas fue un manifiesto que le presentaron al Alcalde Aníbal Gaviria; a Jon Klaus, Director Ejecutivo de la ONU Hábitat y al Ministro de Vivienda, Luis Felipe Henao. Este ejercicio resultó muy bien valorado por quienes participaron (Fundación Mi Sangre, 2014).